El piloto argentino almorzó con su equipo en Estancia Vigil, disfrutando de vinos Catena Zapata en un ambiente de alta gastronomía antes de su visita a la ciudad.
En medio de una agenda intensa y a horas de su exhibición por el centro porteño, Franco Colapinto eligió hacer una pausa con sello argentino: un almuerzo junto a su círculo más cercano en Estancia Vigil, el nuevo proyecto gastronómico de Alejandro Vigil en Cardales.
El encuentro reunió a unas 25 personas entre managers, amigos, familiares y parte del equipo de comunicación de la Fórmula 1. Colapinto llegó cerca de las 13 horas en helicóptero —uno de los servicios exclusivos del lugar—, mientras que el resto del grupo arribó en vans y autos particulares.
Lejos de ser un simple invitado, el piloto se involucró en cada detalle: definió el menú con anticipación —en línea con su afición por la cocina— y seleccionó los vinos que acompañarían la jornada, todos de Catena Zapata, reconocida entre las bodegas más reconocidas del mundo.
Asado argentino y vinos de alta gama
La propuesta gastronómica giró en torno a los grandes clásicos de la parrilla argentina, con cortes como tomahawk, entraña, vacío y cordero patagónico a la estaca, acompañados por achuras, guarniciones de estación y salsas tradicionales.
En la copa, etiquetas de alto perfil como Malbec Argentino, Nicolás Catena Zapata y Birth of Cabernet, vinos que reflejan el estilo y la visión de Vigil.
Antes del almuerzo, Colapinto recorrió el predio, los viñedos y la bodega, donde incluso brindó una entrevista para el equipo oficial de la Fórmula 1. Luego, se puso el delantal junto al chef Diego Irato y participó activamente en la preparación del asado.
Distendido y cercano, el piloto compartió momentos con todos los presentes, en una jornada donde no faltaron brindis, fotos y buen humor.
Regalos, arte y una nueva cábala
Uno de los momentos destacados llegó con los obsequios de Alejandro Vigil: un box con vinos de alta gama —incluyendo un Malbec de 100 puntos— y un botellón de seis litros de Malbec Argentino, que Colapinto levantó como si celebrara en un podio.
También hubo espacio para el arte. El reconocido Milo Lockett, cuyas obras forman parte del espacio, le entregó una pieza de su autoría.
Tras una larga sobremesa, el piloto agradeció especialmente al equipo de cocina y servicio. Cerca de las 16, el grupo se retiró con una idea clara: convertir a Estancia Vigil en una parada obligada —y quizás en una nueva cábala— cada vez que Colapinto visite Buenos Aires.








































